Las mujeres indígenas necesitan ser visibilizadas

Publicación original en AmericaEconomia.com.

Opinión de: Carmen Correa, directora regional de Pro Mujer.
Carmen cuenta con más de 25 años de experiencia profesional apoyando el desarrollo del ecosistema emprendedor en América Latina, desde emprendedores de alto impacto al desarrollo de negocios inclusivos y la inversión de impacto, a través de organizaciones como Endeavor y Fundación Avina.

2019 fue declarado por la Organización de Naciones Unidas como el Año Internacional de la Lengua Indígena. La ONU contabiliza que en el mundo hay 6.700 lenguas indígenas ricas en cultura y en peligro por violación a sus derechos humanos (incluyendo violencia económica), lo que ubica a este grupo entre los más pobres y marginalizados del mundo.

Datos de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) indican que existen unas 23 millones de mujeres indígenas en la región. México, Bolivia, Guatemala, Perú y Colombia reúnen al 87% de los indígenas de América Latina y el Caribe.

Como lo muestran los datos del Banco Mundial, una familia indígena tiene casi tres veces más probabilidades de vivir en pobreza extrema que una que no lo es. Por eso, para Pro Mujer es un desafío la reducción de la brecha de estas poblaciones y seguir trabajando por la reducción de la pobreza entre todas las mujeres de Latinoamérica.

En esos países, a excepción de Colombia, Pro Mujer tiene experiencia en desarrollar programas de capacitación que promueven el empoderamiento. A través de personal que habla su propia lengua, aplican una metodología participativa, diseñada especialmente para que las mujeres sean protagonistas de su propio proceso. Las mujeres reflexionan a partir de sus experiencias y juntas generan un conocimiento colectivo que les permite transformar su propia realidad como mujeres, madres, esposas, empresarias y miembros de la comunidad.

La cultura machista en este grupo vulnerable se impone, las mujeres aún están sujetas a las decisiones de sus parejas. Pocas conocen sus derechos o tienen valor para hacerlos respetar. Tienen los más bajos niveles de acceso a la salud reproductiva, prenatal y maternal, por eso es necesario invertir más en programas que las eduquen y despierten en ellas la conciencia sobre su importante rol en la sociedad. Entenderlas en su propia lengua es fundamental, así como desarrollar metodologías de aprendizaje adaptadas a sus necesidades, intereses y circunstancias.

En Bolivia, Pro Mujer trabaja con poblaciones mixtas como aymaras, quechuas y guaraníes beneficiarias de los servicios financieros, de salud y desarrollo humano. Conocí a Cristina Mollo, una madre soltera de cuatro hijos. No sabe leer ni escribir, tiene problemas auditivos y su mayor orgullo son su hijos. El menor de ellos, con discapacidad, estudió contabilidad y le falta poco para su título. Un primer préstamo hace varios años la hizo una mujer fuerte e independiente. Trabaja vendiendo refrescos y ropa en su comunidad. Y a lo largo de los ciclos de crédito logró ahorrar US$2 mil.

Apoyar a miles de mujeres como Cristina no ha sido tarea fácil. Para llevar los servicios a estas poblaciones se necesita personal que conozca la lengua originaria de las beneficiarias, lo que facilita la comunicación y entendimiento de su cultura para la otorgación de crédito, las capacitaciones y los otros servicios complementarios que se ofrece a esta población.

El uso de cartillas ilustrativas, durante las capacitaciones, y la transmisión de mensajes en la radio como medio de sensibilización para estas poblaciones, es esencial. La organización realiza campañas preventivas de salud, en los idiomas originarios, sobre temas que afectan a las mujeres. Por ejemplo, prevención de enfermedades crónicas o de transmisión sexual (pincha el enlace a la campaña radial en quechua).

Las mujeres indígenas tienen grandes aspiraciones. Como mejorar con mayores ingresos la calidad de vida de sus hijos en las áreas urbanas donde viven y estudian. Pero su situación es desventajosa y hay un enorme reto para su inclusión, aunque la Cepal registra en su informe que aunque el 90 % de los niños y niñas indígenas entre 6 y 11 años van a la escuela, menos de un 15 % de las niñas terminan la educación secundaria.

Nos enorgullece trabajar con esta población y todas las mujeres generadoras de bienestar que le hacen honor a ese espíritu de solidaridad y superación que tienen para creer en su propio potencial de transformarse a sí mismas, por medio de la independencia financiera, de un óptimo estado de salud y una constante búsqueda de bienestar.

Por esa razón, Pro Mujer participará en junio próximo en Women Deliver, la conferencia mundial más grande sobre equidad de género, porque las mujeres latinas e indígenas tienen derechos y necesidades que deben ser tratados en las agendas públicas; y es labor de las organizaciones visibilizarlas, apoyarlas y encontrar soluciones conjuntas.

Recientemente ampliamos nuestra expansión en Guatemala, de la mano de otras organizaciones que ya llevan años en la zona. Allí, el 40% de su población es indígena, mayormente de la cultura maya. Ahí promovemos el empoderamiento de estas poblaciones, especialmente de las mujeres, los jóvenes y las niñas indígenas con la transferencia de componentes de capacitación.

Actualmente, se está trabajando en un plan de formación y transferencia del método de capacitación de Pro Mujer; se han impartido talleres de empoderamiento a mujeres adultas y jóvenes durante los cuales las mujeres reflexionan sobre su situación, reconocen sus potencialidades e identifican metas personales y oportunidades para lograrlas.

Este es apenas el inicio de todo un proceso de acompañamiento y atención a estas poblaciones, que necesitan una plataforma de servicios, no solo de capacitación, sino también de otros servicios complementarios que apoyen los emprendimientos de las mujeres con un enfoque inclusivo y apropiado para ellas.

Como lo muestran los datos del Banco Mundial, una familia indígena tiene casi tres veces más probabilidades de vivir en pobreza extrema que una que no lo es. Por eso, para Pro Mujer es un desafío la reducción de la brecha de estas poblaciones y seguir trabajando por la reducción de la pobreza entre todas las mujeres de Latinoamérica.

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